Agustín vive en un edificio muy alto, desde donde contempla el horizonte, la ciudad y sus paisajes. También mira a la gente de allí, a los niños del barrio que juegan. Le gustaría jugar con ellos, pero lo excluyen por un pequeño detalle: su sombra no es oscura, negra, como las demás, sino amarilla, como defectuosa. Cuando un terremoto apague las luces de tu edificio, ese supuesto defecto se convertirá en una envidiable virtud. Un libro para recordar que en una catástrofe no es necesario buscar el potencial que tienen los demás.