Para nadie es un secreto que Asturias es un escritor que no concede respiro al lector: dueño de un lenguaje tan inconfundible como exigente, capaz de desafiar a quien se adentra en su universo de imágenes y ritmos preciosistas. Sin embargo, esa complejidad se convierte en recompensa, pues cada página ofrece un viaje —quizás sin retorno— hacia una experiencia de lectura que transforma y enriquece al ser humano.
El árbol de la cruz, pese a su brevedad, nos sumerge en un mundo tiránico que, en apariencia, creemos reconocer. Allí habita un déspota casi omnipotente, el más “Anti” de los Anti, acompañado de una consorte mitad bestia, mitad manta —la “Animanta”— que acaba convirtiéndose en mortaja de cadáveres. Junto a ellos, un arcángel convertido en mascota y una corte de funcionarios resignados obedecen los delirantes caprichos de este dictador surrealista que gobierna el universo planteado por Asturias.
El desenlace nos conduce a un territorio onírico y perturbador: el propio autor, transfigurado en personaje, se enfrenta a sus demonios más íntimos, encarnados en un Cristo-pulpo crucificado en ocho brazos. Este pasaje, tal vez, refleja la representación literaria de su final. En este escenario poético, caótico y visionario, Miguel Anti-Ángel Asturias, consciente de su imposibilidad de aferrarse al sueño de la vida, se niega a despertar en el sueño de la muerte. Así nos lega una obra que concluye suspendida en una inquietante interrogación.