Cuando Elon Musk era niño en Sudáfrica, sufría acoso escolar con frecuencia. Un día, un grupo de niños lo empujó por unas escaleras de cemento y lo pateó hasta que se le hizo una bola la cara. Pasó una semana en el hospital. Pero las cicatrices físicas fueron insignificantes comparadas con las emocionales que le infligió su padre, un ingeniero sinvergüenza, carismático e imaginativo. Cuando Elon regresó a casa tras recibir el alta hospitalaria, su padre lo regañó. «Tuve que escucharlo durante una hora mientras me gritaba, me llamaba idiota y me decía que era un inútil», recuerda.