Debemos evitar caer en el legalismo mágico: pensar que transformando radicalmente nuestros textos constitucionales transformaremos la realidad. Los guatemaltecos vivimos con una paradoja: tenemos una Constitución que hace grandes promesas pero cumple muy pocas. A menudo se elogian sus virtudes teóricas: que contiene un amplio catálogo de derechos, un diseño institucional presentado como “moderno” y la supuesta garantía de democracia y estado de derecho.