Salento, 1959. Lorenzo y Agnese lo han perdido todo. Lo comprenden cuando su padre, con esos ojos tristes que siempre lo han acompañado, anuncia la venta de la fábrica de jabón familiar, una herencia que siempre ha considerado una maldición. Para Lorenzo y Agnese, sin embargo, aquella fábrica que su abuelo construyó desde cero, que huele a talco, flores y aceites vegetales, representaba la seguridad de un presente tranquilo y la promesa de un futuro que construirían juntos, unidos. Por lo tanto, la idea de permanecer allí como simples obreros bajo las órdenes de un nuevo y arrogante dueño les resulta devastadora. Lorenzo, orgulloso e impulsivo, se marcha dando un portazo, con el corazón lleno de rabia y un único objetivo: conseguir el dinero que necesita para recuperar lo que le pertenece por derecho.