El libro, lleno de vergonzosos detalles, de miserable karma, tiene sin embargo la cualidad de trasladar lo sucio sin convertirlo en un altar (...) Y así la gelatina de la novela se vuelve más densa y más absurda, más bien guatemalteca, mientras una comunidad de vecinos decide matar a un violador, como un acto de justicia autosupuesta. La crueldad social y la crueldad individual se rechazan y se exigen mutuamente. Son opuestos; pero al mismo tiempo son necesarios.