A los dioses les encanta jugar con nosotros, simples mortales. Y cada cien años, se lo permitimos... Nunca he gozado del favor de los dioses. Todo lo contrario, gracias a Zeus. Estoy maldito e intento pasar desapercibido para la Orden de los Ladrones, con la esperanza de que los caprichosos seres que gobiernan desde el Olimpo no me noten. Lo cual no es fácil, porque Zeus es el santo patrón de mi ciudad, San Francisco. Pero de alguna manera, sobrevivo. Hasta que una noche, me cruzo con un dios diferente.