Crecer siempre implica alguna forma de violencia, contra uno mismo o contra quienes pretenden imponer su autoridad. Cuando, además, la vida transcurre en un pueblo de la margen izquierda del río Nervión durante los años 80 y 90, donde reinan la heroína, el desempleo y la contaminación ambiental, cuando cada semana resuenan balas de goma y gases lacrimógenos por las calles y las paredes están cubiertas de grafitis homicidas, la violencia deja de ser un problema meramente personal.