Florent-Claude Labrouste tiene cuarenta y seis años, odia su nombre y toma Captorix, un antidepresivo que libera serotonina y tiene tres efectos secundarios: náuseas, pérdida de la libido e impotencia. Su viaje comienza en Almería con un encuentro en una gasolinera con dos chicas que habría terminado de forma diferente si hubieran protagonizado una comedia romántica o una película pornográfica. Continúa por las calles de París y luego a Normandía, donde los campesinos están en pie de guerra. Francia se desmorona, la Unión Europea se desmorona y la vida sin rumbo de Florent-Claude se desmorona. El amor es una quimera. El sexo es una catástrofe. La cultura, ni siquiera Proust o Thomas Mann, le ofrece consuelo alguno. Florent-Claude descubre unos vídeos pornográficos escabrosos protagonizados por su novia japonesa, deja su trabajo y se muda a un hotel. Vaga por la ciudad, visitando bares, restaurantes y supermercados. Filosofa y despotrica.