Solía limpiar casas de otras personas; ahora no puedo creer que esta casa sea la mía. La encantadora cocina, el tranquilo callejón sin salida, el enorme patio donde mis hijos pueden jugar. Mi marido y yo ahorramos durante años para darles a nuestros hijos la vida que se merecen. Aunque desconfío de nuestra nueva vecina, la señora Lowell, cuando nos invita a cenar es nuestra oportunidad de hacer amigos. Su criada abre la puerta con un delantal blanco y el pelo recogido en un moño apretado. Sé exactamente cómo es estar en su lugar, pero su mirada fría me da escalofríos...